Si nos ponemos a mirar todas las variables que conforman una persona, realmente encontrar a alguien que se complemente en lo adecuado, tenga opiniones opuestas en lo necesario, te produzca pasión, alegría, amor, complicidad, y todo lo que conlleva la felicidad, es un cálculo imposible que nos reduce a conformarnos con un “Nadie es perfecto”.
¿No es una locura pensar que entre billones de personas tu media naranja va a vivir en tu calle de enfrente, va a asistir a tu universidad o va a ser un conocido? ¿Será que nuestra naranja no está formada por mitades sino por infinitas partes de las cuales tú te quedas con el trozo que tienes más a mano? ¿Será que el amor es una lotería y tan sólo una minúscula parte posee el privilegio de encontrarse con su mitad?
¿Está la clave en no conformarse, en perder ese miedo a morir solo y sin pareja, en abrirse a buscar más allá de lo que alcanza la vista, en ser ciudadano del mundo y no de tu ciudad? El amor no debería tener límites marcados, fronteras limitadas como si cada persona fuese un país independiente. Deberíamos apuntarnos a la era de la globalización y amar mundialmente, conocer que más allá de nuestra ciudad, nuestra universidad y nuestros amigos, en otro país, con otro idioma quizás, hay un amigo igual a ti, un amor que poseerá tu vida, o una persona mágica que te cambiará por siempre.


